sábado, 28 de agosto de 2010

Vendida

La cama aún esta caliente por nuestro peso, en una esquina descansan los sucios billetes que ha dejado caer antes de salir por la puerta sin mirarme. Me duelen las nalgas. Todavía siento sus manos ásperas y pesadas por todo el cuerpo, su cinturón, de cuero negro y hebilla dorada, marcándome la piel. Me duelen las muñecas. La pobre luz de la lamparilla deja en sombras la mayor parte de la habitación, pero hace brillar las esposas que me han inmovilizado y que ahora reposan en la mesilla. Me ha cubierto de saliva, me ha cabalgado sin compasión y hasta las entrañas me ha llegado su erección de bestia. Con la felación he tenido que tragar su semen. Me ha restregado el miembro por la cara y siento la piel manchada y tensa. Un humo espeso desdibuja la silueta de las cosas y el silencio lo cubre todo como el polvo en una fábrica de cemento. Sentado en la butaca roja del rincón, mi Señor me observa impenetrable. Sé que ha disfrutado de cada golpe y humillación que nuestro cliente ha querido gozar con su dinero. Me duelen las nalgas, me arden los pechos, tengo tirante de semen la piel de mi cara, pero todavía siento el orgasmo palpitando dentro y le miro expectante y sumisa, pidiéndole más.