
Hay otras manos, otra boca recorriendo su silueta. Bajo las palmas de esas manos llenas de oscuridad puede sentir el ansia, el deseo brutal de un sátiro, y hace rato que sus pezones y todos sus poros se han rendido a ellas salientes y endurecidos. La boca es un desenfreno de saliva ácida en su sexo, la lengua se mueve con la avidez de un reptil buscando su guarida, y en su recorrido los dientes tropiezan con el clítoris erecto, mordiéndolo con saña.

El tiempo se estira infinito y su deseo de ser penetrada se vuelve insoportable. De forma irreal advierte cómo el flujo resbala por sus piernas y sus nalgas, cómo los labios de su vulva se abren despacio y esponjados. Abre las piernas y dobla las rodillas exponiendo aún más su deseo al desconocido. El Señor le suelta las muñecas y lleva sus manos hasta los pezones, los pellizca y retuerce, su lengua los lame con la precisión de un virtuoso. Es la señal, y nota cómo el coche se hunde bajo el peso de aquélla lujuria que se tiende sobre ella dejándola sin aliento. Sus proporciones son descomunales pero armoniosas, su negra piel es aún mas oscura contra la oscuridad. Su polla, dura y caliente, se le acerca imperiosa, la penetra como si no tuviera medidas, la llena hasta que parece tocarle las entrañas. Ebrio de deseo comienza entonces su danza, le oye gruñir, le palpa el sudor cuando le alcanza las nalgas, siente los testículos golpeando cerca de su ano, el vello púbico arañándole el clítoris en cada embestida.

Sudorosa, desmadejada, todavía jadeante escucha de nuevo la voz de su Señor: Debes vestirte, la noche aún no ha terminado...